Historia de Xandroz
EVALUACIÓN DE SHADOW
Redacción: 6.5
Relación con la trama: 9
Creatividad: 8.5
Relación con el Argentum Online: 9
Nota: Tuviste muchos errores ortográficos, entre ellos, ponías comas de más, te faltaron los acentos y escribías mal el nombre del pueblo Banderbill. Te recomiendo que siempre le des una releída antes de enviarla.
Una cosa que me gusto mucho, fue que detallabas mucho cada cosa, eso queda muy bien, ya que al imaginarte la historia los detalles son importantes.EVALUACIÓN DE THARIN
Redacción: 8
Relación con la trama: 10
Creatividad: 9
Relación con el Argentum Online: 10
Nota: Algunos errores ortográficos, como acentos y comas. También nombres propios como de algunas ciudades. Aparte de eso, la historia esta muy bien hecha, explicas cada cosa y eso hace que cualquiera que la lea entienda lo que queres expresar. Me gustó mucho.PUNTAJE FINAL: 8.75
Todos en el pueblo se encontraban atentos a la guillotina y al filo de la hoja que atravesaría su cuello hasta llegar hacia el otro extremo de la madera y decapitar al culpable. ¿Culpable? ¿Se puede ser culpable de amar sin ser amado?
Es más, ni siquiera el mismo Don Justino (al que iban a decapitar) sabía porqué estaba ahí, si lo único que hizo fue declararle su amor a la princesa, pero ésta lo rechazó. Unos días después, ella murió.
Obviamente el principal sospechoso iba a ser el pobre Don Justino, que muerto de amor por la princesa, muerto quedaría en literal.
-¡Di tus plegarias!- Pronunció el rey de Banderbill unos instantes antes de separar la cabeza del torso de Don Justino.
-Yo… yo no… yo no lo hice, lo juro. No la asesiné- Insistió Don Justino tratando de safarse de la soga que lo sujetaba de ambas manos con una navaja que ocultaba en una de sus mangas.
-Vamos Don Justino, nadie te cree. Tú la mataste- Siguió el Rey. -Pero bueno, como tu digas. ¡Hazlo, córtale la cabeza!- Gritó dirigiéndose al procesador que tiraría de la guillotina para ejecutar al pobre Don Justino.
En ese momento Don Justino logro, al fin, safarse de la soga que sujetaba sus manos. El rey, y, el pueblo entero, sé sorprendió al verlo libre.
- ¿Que… Hiciste? - Pregunto el Rey, observándolo con temor y al mismo tiempo, curiosidad…
- Lo justo y necesario - Respondió Don Justino antes de lanzarse a correr mientras la multitud miraba perpleja.
Momentos después, Don Justino se encontraba recorriendo los bosques de Banderbill.
Justo en el momento que estaba por llegar a Nix, observo a 2 guardias que custodiaban el paso.
- Piensa, piensa… - Se dijo a sí mismo.
Un pensamiento fugaz rozo su cabeza. Ya tenía la solución, tratar de pasar oculto.
Años atrás, en su infancia, él había tomado contacto con los elfos, por alguna casualidad. No se acordaba, exactamente, el motivo de esto, ya que aun era muy pequeño. En ese entonces, los elfos le enseñaron algo muy valioso, el arte de ocultarse.
Sonrío y, con astucia, paso rápidamente entre los 2 guardias. Ya se encontraba casi en Nix, orgulloso pueblo de la comunidad Imperial.
Aunque, exactamente, no tenia idea de donde ir ni de que comer o beber… Su futuro se tornaba peligroso desde este momento.
Llego hasta un claro en el bosque. Primero que todo, observo la zona con cautela. Nadie se encontraba allí.
Cansado, ya, por el recorrido, se recostó contra un árbol.
Se dejo llevar por el viento. Ya, en pocos minutos, empezó a bostezar y se le cerraban los ojos. Empezó a respirar mas tranquilamente.
Todo sucedió tan rápido. Podía detallar exactamente con sus palabras la escena que tenia enfrente de el.
Un grito lo hizo sobresaltarse. Ni bien se levanto se escucho otro grito más.
- ¡Hoax Vorp! – Grito un mago vestido con una túnica azul y blanca.
Sintió como su cuerpo se endurecía en un segundo. No era una sensación muy agradable. Logro levantar la vista, tratando de omitir el dolor y, contemplo, con horror, a quienes tenia adelante.
Soldados de la corte imperial.
Un viejo legionario no le dio tiempo a tratar de evitar el golpe que le iba a dar, aunque era inútil, puesto que se encontraba inmóvil.
El golpe fue terrible, le tembló la cabeza y lo durmió en un instante.
Despertó. Poco a poco, volvió de su estado. Todavía le dolía la cabeza y no sabia cuantas horas habían pasado desde aquel encuentro.
- Pero… ¿Dónde me encuentro? – Pregunto, confuso, para sus adentros.
Reconoció, al fin, el lugar. Ya había estado antes.
Se encontraba en una celda del Palacio Imperial, aquel que había visitado antes de que trataran de ejecutarlo.
Su ilusión se perdió en un simple segundo. Nada podía hacer ya.
- ¡Espera!, Piensa en tu navaja – Pareció decirle su cerebro.
Una pizca de ilusión broto de nuevo en su corazón… Pero se fue rápidamente cuando comprobó que la había perdido en aquella “pelea” en el bosque.
En la oscuridad de aquella celda, vio una ventana. Se acerco hasta ella y observo el paisaje que había enfrente de el.
- Sé esta poniendo el sol – Dijo.
Sintió una presencia. Se dio vuelta, y vio que no estaba solo.
- Piensa bien antes de actuar – Susurro una persona.
Se dio vuelta y vio a un orco que no era nada agradable con solo mirarlo.
El sonreía. Simplemente, esbozaba una gran sonrisa que lo hacia aun, menos agradable.
- En tu afán por declararte a la princesa, no pensaste en varias cosas – Continuo.
- No comprendo… ¿Quién eres? – Pregunto Don Justino, sin entender la situación.
- ¿No comprendes?. Todo esta muy claro – Respondió aquel orco – Piensa en tu infancia. ¿Recuerdas a tu padre?.
- No exactamente… – Contesto Don Justino.
- Tu padre era de raza elfa. De ahí viene tu relación con estos. Tu madre, humana por naturaleza.
En aquellos tiempos, cuando tú eras pequeño, la guerra en Bandervill era común. Yo, como defensor de mi raza, ataque Banderbill, junto con un ejercito. Tu padre y los soldados de Bandervill, se lanzaron al ataque. El no era mas que un simple herrero que defendía su pueblo con su corazón. En medio de la lucha, hice una mala maniobra y tu padre logro clavarme su espada en algún lugar de mí estomago, ya no recuerdo. Fue un golpe duro y preciso. En aquel momento, caí de espaldas y maldecí por dentro a tu padre. Logre ver a uno de mis compañeros lo ataco y logro herirlo. Él se retiro lentamente de la batalla, mientras que yo, retrocedí y me centre en seguirlo. La ira me invadía. Rápidamente, él entro en una cabaña, y logre observar por una ventana que hablaba con una mujer. Se agarraba el brazo y se notaba que no tenia muchas fuerzas. Momentos después, una mujer salió rápidamente por la puerta trasera y continuo por el bosque. Yo sabia que, no muy lejos de ahí, existía una colonia elfa. Llevaba un bulto entre unas mantas. Claro, aquel bulto eras tu. Se me ocurrió una idea en aquel momento, sorprenderla cuando volviera. No pasaron mas de 5 minutos de que se haya ido que apareció de nuevo. Cuando me vio, noté en su cara el horror. Recrea la escena en tu cabeza y piensa que paso, ¿Por qué no conociste nunca a tu madre, o, mejor dicho, por que no recuerdas casi nada de ella?.
Una lagrima broto de los ojos de Don Justino. Era una sensación rara, pues delante de el tenia al asesino de su madre.
- Si, pensaste en lo correcto – Dijo volviendo a sonreír – Aunque yo no mate a tu padre. Después de matar a tu madre, volví a la ciudad de Banderbill, insatisfecho, pero al llegar a tu casa ya nadie había en ella. Trate de buscar a tu padre, pero todas mis búsquedas fueron en vano. Un guerrero cercano a mí, me comentó que tu padre había sido matado en su propia casa. Me enoje y me retire de aquel lugar. Años después, ya cuando tu estabas bastante crecido, me entere por algún espía que habías vuelto a la ciudad. Los ánimos ya estaban mas calmados allí, todo era más tranquilo. Pense en lo que había pasado anteriormente y recordé que nunca pude cobrar venganza con tu padre. Así que… ¿Qué mejor idea que arruinarle la vida al hijo?.
Don Justino no tenía palabras para explicar el estado en el que se encontraba. Una mezcla de furia y dolor sentía en aquel momento.
- La historia va tomando fin – Dijo. – Idee un simple pero efectivo plan. Te venía observando, como ya dije, desde que ocurrió aquel suceso con la princesa. Vi que te habías declarado y que ella se había negado. ¿Qué crees que pense?. El plan era simple, simular que tu, en un arrebato de furia por no haberte aceptado, la hubieras asesinado a la luz de la luna.
- Te diré mi nombre, de seguro que no te lo olvidaras. Me llamo Damukl – Dijo, sonriendo como había hecho infinidades de veces en aquella tarde, o, mejor dicho, casi noche.
Don Justino levantó su mirada. De repente, salió a correr, desaforado.
- ¿Acaso tienes dignidad para luchar contra un viejo…? – Trato de preguntar el orco, pero no logro finalizar la frase, puesto que Don Justino se le lanzo encima dispuesto a atacarlo.
- Bah, no eres mas que basura – Se dijo, burlándose, aquel orco, llamado Damukl, mientras lo arrojaba al piso.
- ¿Sabes por que me encuentro aquí?. Cuando me entere de tu huida, sabia que te capturarían fácilmente. Cometí un delito que provoque yo mismo, para encontrarte mas tarde aquí. – Contó.
La vista de Don Justino se desvío para otro lado. – Espera… ¡Algo brilla en aquel extremo! – Se dijo para sus adentros.
Trato de que Damukl no sé de cuenta de lo que estaba mirando. Su única oportunidad se encontró enfrente de el.
En un intento por conseguir aquel objeto que brillaba, salió corriendo para embestir a Damukl, solo que esta vez, lo esquivo, y llego al objeto preciado.
El orco se sorprendió por aquella maniobra.
No había mucha luz pero… ¿Aquello que veía era una daga?. La vio nuevamente y, después de revisar varias veces, llego a la conclusión final. Pero, esta vez, no se lanzo corriendo, sino que oculto la daga y se acerco lentamente al orco.
- ¿Ves mi mano? – Dijo Don Justino.
- ¿De…? ¿De donde la has sacado? – Pregunto Damukl con cierto temor.
- Confiesa todo lo que sabes – Dijo Don Justino – Sospecho que hay alguien mas infiltrado en esto, un orco no tiene la inteligencia para idear esto.
- Eres bastante inteligente… Ciertamente, los elfos son muy inteligentes – Dijo Damukl, aun sin contestar las dudas de Don Justino.
- Perdí la paciencia, ¡Contéstame ya! – Respondió Don Justino.
- No te sofoques, pequeño… – Contesto el orco – Esta bien… Te lo diré. El otro que ayudo a llevar a cabo esta obra, fue Finley, un soldado Imperial que actualmente esta en las filas del Rey. Si, te sorprenderás, pero fue mi espía por mucho tiempo hasta ahora y nadie se dio cuenta.
- No puedo entenderlo… – Dijo Don Justino, confundido – Pero ahora que lo pienso, ya no necesito nada mas de ti.
Sorprendiendo a Damukl, se lanzo sobre él y le clavo la daga en el corazón.
- Esto es por mi madre – Dijo, furioso – Y esto es por mi madre.
- Clavo varias veces la daga en el corazón.
- Madre, padre – Susurro.
Miro por la ventana. Ya estaba amaneciendo.
Un guardia golpeo la puerta. Ya era hora de que lo ejecuten.
Fue llevado de nuevo al mismo lugar que antes, todo era igual. El rey se encontraba presente y sonreía contentamente.
- De nuevo aquí, Justino – Dijo, burlándolo.
- La verdad pronto será revelada – Contesto Don Justino.
Y en unos momentos, Don Justino grito:
- Entre todos nosotros, pueblo, se encuentra el verdadero culpable – Aventuro, sorprendió a todos los presentes.
Un montón de gente empezó a hacer preguntas al aire.
- Invito al verdadero culpable a que suba a este escenario y confiese sus pecados – Dijo Don Justino.
Como de costumbre, los cobardes abundaban, así que nadie subió al escenario.
- Basta ya Justino, esto es irrespetable – Termino el Rey.
- Finley – Dijo secamente Don Justino.
Todos lo miraron, incluso el Rey.
- Finley es el culpable de esto – Contesto Don Justino.
- No puede ser, es un caballero de la corte Imperial – Dijo el Rey.
- Es un espía – Relato Don Justino.
- Nada mas queda por decir – Sentencio Don Justino.
- ¡Suspendan esto! – Sorprendió el Rey.
El pueblo entero murmuraba sobre lo que había pasado, todo era muy confuso.
Momentos después, el Rey se encontraba en la entrada del Palacio, seguido por varios guardias y por Don Justino. También se encontraba Finley.
Una vez ingresados al Palacio, todo se torno más tranquilo. Don Justino tenia la certeza de que todo sé aclararía.
- Explícame lo ocurrido – Dijo el Rey, dirigiéndose a Don Justino.
- Revisen mi celda – Fue lo único que dijo Don Justino.
Palabras simples, pero efectivas.
Unos minutos mas tarde, nuevamente volvió un guardia con alguien entre brazos.
- Señor, ¡Esta herido! – Informo el guardia.
- Su herida no es mortal – Respondió Don Justino – Como verán, mentí en mis relatos, no se lo clave directo al corazón, unos minutos antes de atacarlo, razone un poco y me di cuenta que me ayudaría a revelar al verdadero asesino, por eso, lo ataque al estomago. Quizás este un poco desangrado, pero creo que su vida se puede salvar.
- Se llama Damukl – Siguió Don Justino – Fue el asesino de mis padres, por eso lo ataque.
- Llamen a un medico – Dijo el Rey.
Al momento, llego un medico de la corte Imperial. Lo examino, y finalmente dio su veredicto.
- Señor, el paciente no tiene una herida muy grave, pero creo que debemos tenerlo en observación por unos días – Informo él medico.
- Bien, ténganlo en observación hasta que pueda declarar – Dijo el Rey – Mientras tanto, ustedes dos se quedan custodiados aquí.
Las horas pasaban lentamente, hacia ya 1 día que Damukl se encontraba en observación.
Pero, algún día, tendría que llegar la verdad hacia todos. Y, finalmente, ese día llegó.
Todos se dirigieron a la sala donde estaba Damukl.
- Cuéntame todo lo que sabes si quieres sobrevivir – Amenazo el Rey.
Damukl informo todo lo que había pasado aquel día en la celda rápidamente.
Todos los presentes se sorprendieron. El Rey declaro a Don Justino como inocente.
Finley, por su parte, se sentía traicionado por su compañero, que todo había confesado sin dudar.
Por otro lado, Don Justino, rebozaba de alegría.
Ya pasados algunos días, Don Justino había recibido muchisimas cartas de perdones de todo el pueblo. Todos lo habían juzgado sin saber nada de el.
Pero, Don Justino, siempre contestaba de la misma forma, diciendo que aceptaba las disculpas, y contestaba de una forma muy recordada:
“No juzguéis sin antes conocer”
La vida continuo en Bandervill, ya todos eran felices de nuevo, el misterio había sido develado.
¡Esperen!, ¿Todos?…
Finley, por su parte, fue obligado a la horca.
Años después de suceder esto, el Rey mando a hacer una estatua de Don Justino, pues su enseñanza en las cartas había sido increíble.
Don Justino – Nos enseño a conocer a la persona y a asegurarnos del verdadero culpable antes de Juzgar.
Y una frase en sus pies, que era memorable.
“No juzguéis sin antes conocer”.
- Posted in: Historias
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- Tags: Argentum Online, Historias